Por: W. And. Sánchez Medina*
Lucía de Siracusa fue asesinada cuando el cristianismo todavía era un delito. Se negó a abjurar de su fe, entonces los romanos politeístas la violaron antes de torturarla con líquido hirviente y atravesarla con la espada. Luego de haber llegado a los cielos, y tras algunos siglos de leyendas medievales que tejieron la historia de los ojos que ella ofrece en un plato, Santa Lucía fue proclamada la patrona de los que pierden la vista.
Juan Guillermo Soto sufrió una ceguera transitoria hace varios años. En el hospital, mientras se estudiaba la repentina inflamación de sus dos nervios ópticos y él lidiaba contra el miedo a dejar de ver para siempre, estiró la mano para recuperar la guitarra acústica y darle un sentido -unas notas- al martirio. Luego de haber fundado Arkanot, haber participado en Yijajay (la banda de nuestro Cohen neivano) y ser la mitad de ese dueto de math-rock electrónico inesperado que se llamó y se llamará Binarius Buxus, se dio cuenta que la muerte era una posibilidad y empezó a concebir su primer álbum como músico solista.
Ahora Lucía es un EP que ve la luz gracias a la oscuridad en la que se gestó.

Contraportada Álbum
Juan Guillermo quiso una orquesta sinfónica, y antes de la pandemia empezó la consolidación de Pechan Project, la banda de músicos locales que grabó las seis canciones de Lucía.
París Neiva, irreprochable sencillo publicado por primera vez hace unos meses, abre el álbum. Vanesa Castro le da el vigor vocal que un himno como este requiere, el Flaco Dussán lo arremansa justo cuando se necesita y los coros y el trabajo de guitarras, una constante a lo largo de casi todo el álbum, apuran la imaginación para creerle a esta cinematografía (o fantasía) que enmarca la película que es amar en Neiva. Canción del verano… el verano perpetuo que es esta ciudad. Luego de tal intensidad, Terrorismo and Dreams aquieta las aguas con un aliento a cool jazz. La ausencia de estribillo es colmada por las trompetas que se van desplegando en tono marcial para imponerse definitivamente sobre el ataque frustrado a los puentes y bancos que pregona la letra. Lucía, la canción, es la plegaria blasfema y mestiza a Santa Lucía de Siracusa: que de ella salga el jaguar que es la visión para el ciego. Ecos del pop barroco de los sesenta en ese juego de voces que se plantea con la reconocida Marla Hernández, armonías de filigrana y hasta la imagen del clavicémbalo, aunque sólo sea el efecto de los pedales. A estas alturas irrumpen las insinuaciones de Cajita Musical. Tal vez sea la supresión de la exuberancia vocal a la que acostumbra el álbum o el secreto que con metonimias balbuceadas Juan Guillermo quiere insinuar, pero que no cala del todo, lo que la haga sonar como el punto más débil. Sólo él la puede cantar, así la escribió, asume el riesgo y lo multiplica al hacerlo con desnudez, luego se cubre con guitarras a lo George Harrison.
Punto aparte.
En el parlache inglés de la melomanía existe el término “grower”. A grower song es una canción que crece en el oído del oyente cada vez que se acerca a ella. Humano Chamán germina con la escucha repetida, alcanza estatura y luego uno se encarama hasta allá para contemplar todo el jardín que en los versos proclama y en las sensaciones siembra. Hay un ritmo que se asoma como deja-vu o nostalgia (el del bambuco), hay una tersura que hechiza en la boca de Sara Espitia, hay dolor surcado, hay sangre en tu frente y en la piedra, hay una solidez de banda, hay resonancia posterior.
El álbum termina con Humano Chamán. O no.
El álbum debería terminar con Qué Es Mirar.

Portada EP Lucía
El único reproche que se le puede lanzar es que se ubique tan adelante, justo después de París Neiva, y desequilibre el álbum poniendo tanto peso al principio. No es ni será raro el fenómeno de sentirse encandilado luego de estas dos canciones y parecer insensible a las cuatro siguientes, porque Qué Es Mirar es el monstruo de Lucía. Se transforma el ritmo una y otra vez como si estuviera tornasolada y tuviera millares de matices, los coros se comportan como un corifeo que no habla, la trompeta de Gustavo Martínez le da el brillo de la épica, todo el andamiaje se sostiene en la batería (Gustavo Hueje) y el bajo (Orlando Laguna) y son más fuertes que Atlas, etcétera. Hasta incluye unos segmentos inspirados en el mejor drone-rock (escúchese a Swans). Más allá del aparente ejercicio de escritura automática, Qué Es Mirar es la evocación más directa de la ceguera que Juan Guillermo sufrió. A punta de sinestesias nos revela que con la lengua, los oídos y los receptores táctiles descubrió todo lo que no había visto con sus ojos. Y eso mantuvo su vida en la caverna.
Sobra decir que la primera obra de Pechan Project es prolija, auténtica y no-hay-nada-parecido-en-la-escena. Falta decir que en un medio conforme con las fórmulas y la tradición de reinterpretar y crear lo mismo de ahora para no pisar en falso, Lucía es un elogio a la dificultad. Para los límites porosos del rock colombiano fugado del canon metal/punk, y que suele moverse entre la apropiación folclórica, la síntesis de lo anglosajón o el indie latino, este EP reclama la trompeta, los coros expansivos, la mutación de la guitarra eléctrica, el espíritu orquestal.
Y eso es más que poco.
Coda: ¿Por qué Qué Es Mirar debería ser la última canción? Porque es el epítome a nivel de significado y música, y porque esas congas que se van desvaneciendo al final merecen ser lo último que se escuche de Lucía, casi como ese piano en acorde sostenido de A Day in the Life.
*Oyente. También es psiquiatra. De Cándido Leguízamo.
Imagen principal: portada del sencillo Qué es Mirar
