La fuerza de vivir después del abandono

Altera Revista
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Por: Laura Marcela Perdomo

        @marperdomog

 

Tejer con palabras el sentimiento más recóndito, el diluvio interno que a veces, por orgullo, no apaciguamos a la orilla del mundo exterior, suele ser una complejidad llamativa y una acción desafiante en la literatura. Narrar la tristeza es hilar formas poderosas para hacer de ese sentimiento uno de los más reales y significativos en el ser humano.

Olga, de 38 años, esposa y madre de dos hijos, es la protagonista de Los días del abandono (2002), la segunda novela que compone la trilogía Crónicas del desamor de la misteriosa Elena Ferrante (Nápoles, 1943). Un hilo de sucesos marcados por un antes y un después componen esta obra alternada en Turín, ciudad italiana, recurrente en la narrativa de la enigmática escritora.

Lo que se cuenta aquí es un cúmulo de saltos en un proceso de degradación femenina, a la luz de una historia que decanta la imagen de una mujer que sacrifica su vida para salvaguardar un matrimonio aparentemente feliz junto al progreso laboral y emocional de su esposo, que culmina tiempo después en un encuentro consigo misma cuando éste la ha dejado.

Olga quiere ser escritora pero prefiere renunciar a su sueño por hallar preponderante el equilibrio del hogar y el deber de la crianza de sus dos hijos junto al cuidado de su perro Otto. De repente, todo estalla y se difumina. Olga es lanzada a la suerte por su pareja después de quince años de matrimonio, tras el impulso de este por irse con una joven, quedando desamparada ante un futuro que no escapa al desespero, las trivialidades y el desorden, abocándose a lo incierto. El abandono es el rostro que todas las mañanas, Olga observa cuando se para frente al espejo: las eventuales afectaciones de salud de sus hijos, la incapacidad de reparar en actividades sencillas y cotidianas, la evasión de las responsabilidades, el llanto recurrente, el pensamiento y la reflexión excesiva, la torpeza junto con los impulsos sin fundamento acompañados de una dispersión mental permanente.

“Un mediodía de abril, justo después de comer, mi marido me anunció que quería dejarme…”

Elena Ferrante narra la tristeza de modo descarnado, pero a su vez, con una sutileza profunda que recrea los escenarios de la desidia a la luz de un hoyo profundo, en el que confluyen, como el oleaje del mar, sentimientos que se encuentran y se vuelven a perder. Pero este abandono también trae recompensas. Mientras la protagonista se degrada, también se forma el camino de su propio rescate. Su poder femenino confluye en medio de algunas debilidades auto impuestas, más como un impulso dador de voluntad que emerge para crear un cuerpo de autonomía y fortaleza.

“Me había restado todo mi tiempo para sumarlo al suyo y hacerlo así más poderoso”

La entrega de Ferrante a una narrativa desgarradora también supone un poder de género bastante particular. Olga se arrebata sin pudor ni consentimiento por ningún orden que la lleven a una reflexión racional sobre lo que hace y no, actuando con desdén hacia su esposo recién desligado de su vida, la misma que le pone sobre la mesa las cartas de su futuro.

Cuando en algún momento la protagonista piensa que el hombre (su esposo) era el soporte de la existencia de cada uno de ellos (sus hijos) y de ella, el abandono resulta siendo el timón de sus días. Olga también contrasta su desespero con el de otras mujeres, en especial con aquel de una mujer cercana en su vida a quien recuerda y llaman “loca”, tras padecer lo mismo que ella y que en la obra se observa de soslayo, más como una referencia sobre lo que ella no quiere para su vida porque cree que esta imagen femenina es el anti reflejo de sí misma. Esto la lleva a reflexionar, a la luz del propio descuido circunstancial y sus discursos ordinarios acaecidos por el día a día, acerca de su relación matrimonial y su mundo interior que vislumbra en ese momento; el concepto de amor romántico también se desajusta y sale a flote la autonomía femenina, la reconstrucción de la vida ante la ausencia masculina y el anhelado encuentro consigo misma.

Los días del abandono nos muestra la fuerza de vivir después del abandono, de cómo lo afrontamos y lo desafiamos de cara a una incertidumbre que amoldamos como una barrera de seguridad e impulso para llegar donde nunca sabemos si somos capaces de llegar, no propiamente desde un plano de infidelidades, como seguramente lo suscita la obra, sino también ante la muerte de un ser querido, una enfermedad, una decepción laboral, la ruptura de una amistad o la frustración por algo que veíamos cierto y no resultó.

Es una novela que dignifica y fortalece, quizás sin proponérselo.

Ilustraciones: Paola Dryagan

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